Una tarde de febrero en una plaza, ese día vi esos ojos.
Unos dulces ojos cafés que miraban inquiriendo que clase de extraño ser es este: un muerto en vida que no se detiene, porque detenerse, seria reconocer que ya esta muerto.
Pero también esos dulces ojos me invitaban a esa experiencia que se llama vida.
Sentí un escalofrió, porque esos ojos que era la primera vez que veía, ya los conocía.
Esos ojos siempre soñados, pero nunca vistos.
Esos dulces ojos, tan llenos de vida que brillan.
Pero también sentí ese escalofrió, porque ya me sabia condenado.
Porque por esos ojos, conocería cuan grandioso es estar vivo, pero conocería también lo agónico que puede serlo.
Estoy condenado.
Esos ojos que no puedo sacar ni de la memoria ni del alma, aunque a la vez me protegen, me mortifican.
Esos dulces ojos que vi por primera vez, una tarde de febrero en una plaza.
Thursday, September 21, 2006
Ojos de febrero
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