Sebastián era el mayor de cuatro hermanos. Tendría entre doce y trece años. Compartía con el hermano que le seguía una litera verde oliva, la cual estaba en un cuarto con una gran ventana que daba al este. Sebastián dormía abajo y su hermano, arriba (privilegio de ser el mayor). Por aquella época, su tío se había mudado con su familia. Lo habían acomodado en el mismo cuarto de Sebastián, en una cama justo al lado de la litera verde oliva. A Sebastián le daba la impresión de que debía esta muy enfermo; ya en una ocasión el y su madre tuvieron que socorrerlo una vez que se había desvanecido.
Sebastián siempre había sido un niño de despertar lento y difícil. Aquella mañana cuando Sebastián abrió sus ojos, observo a su tío en su cama, con la sabana cubriéndolo de la cintura para abajo, dejando su torso desnudo. Su piel estaba tan pegada a sus costillas que estas se podían ver claramente. Su abdomen estaba tan contraído que parecía que lo hubiesen vaciado de toda entraña. Era tan particular el color de su piel. Parecido al color que toma una vela ligeramente envejecida. Su boca estaba enormemente abierta, como en un bostezo grotesco. Debió haber muerto asfixiado mientras dormía. Contra todo lo que se le había dicho, no encontraba que un muerto fuese algo tan aterrador y terrible. Sebastián estuvo quieto en su cama observándolo un rato más. Era su primer acercamiento real a la muerte y no la encontraba tan alarmante. Pero aún tenía sueño, así que cerro sus ojos y se volvió a dormir. Cuando volvió a despertar, encontró que su hermano más pequeño, diez años menor que el, estaba jugando caballito sobre el estomago de su tío. Sebastián se paro y mientras se dirigía a la puerta le dijo a su hermano:
― Deja de saltar sobre el tío, que ya esta muerto
Se dirigió por el corredor hacia el baño, como todas las mañanas. Se cepillo los dientes, se lavo la cara para despabilarse, se quedo un rato parado frente al espejo. Después de salir del baño, mientras iba a la cocina, vio frente a la puerta de su cuarto a su madre llorando. Se metió en la nevera a buscar jugo o algo así. ¿Su madre llorando? Toda la familia debía saber ya de la muerte de su tío.
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Ya me acerco a los treinta y tres. Ahora recordando la mañana en que murió mi tío, se me viene a la memoria la expresión de su rostro, la expresión de todo su cuerpo. La desesperación que había en el. Como si con todas sus fuerzas intentase retener ese ultimo aliento. Ahora después de todo este tiempo, me encuentro llorando por primera vez por un hombre cuya muerte nunca me importo. Entiendo que lo trágico de la muerte es que en ese instante es cuando más deseamos vivir.
Agosto 29, 2006

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